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Martes, 21 May 2013

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Èric Rondepierre, La fotografía mitocondrial PDF Imprimir E-mail
Escrito por Javier Etchemendi   
Jueves, 28 de Julio de 2011 12:53

 

 

Hay que observar el trabajo de Èric Rondepierre, previendo de antemano que no veremos nada o que lo veremos todo. Así de compleja es la obra de este artista vinculado al Cine, al Teatro  y  a la Literatura.

Rondepierre está obsesionado con el tiempo, con el devenir y con las múltiples posibilidades que laten en cada toma fotográfica. Expone un trabajo provocador que lejos está de la indiferencia. Una obra que por momentos puede resultar revulsiva, inquietante: rostros deformados, mutilados. Pero no es la mutilación de un crimen en mismo, no existe la sangre, se trata más bien del estrago corrosivo sobre el papel fotográfico o sobre trozos de films anónimos estragados por el tiempo, o por el propio autor. Meta-relatos, podríamos decir.  Onirismo de alto voltaje que nos arrastra a un universo equívoco, universo sanguinolento, sangre de celuloide. Fotogramas orgánicos, atacados por el virus de la edad. Paisajes celulares, donde habita el terror de las malformaciones, de las mutaciones. Una fotografía que se instala en la frontera entre la crónica documental y el arte. Seres anónimos que se vuelven universales. Fantasmas, posibilidades múltiples. Indefinición.

La fotografía de Rondepierre explora la existencia de la “monstruosidad”, pero no es la monstruosidad que alguien con estómago débil podría, quizás, espetarle al trabajo que realiza Joel Peter Witkins con cadáveres, una monstruosidad que finalmente es pasible de ser indexada, catalogada, finalmente digerible. Lo de Rondepierre es innominado, trabaja el concepto del monstruo desde la potencialidad y no nos deja la posibilidad del índex. Éste se diluye como las manchas sobre el papel.

Un monstruo es aquello que no puede ser. Y de inmediato deseamos saber cuál es el orden que silencia o rechaza. Tampoco Rondepierre nos brinda esta posibilidad. Un monstruo es una bolsa y es claro que todos tenemos algo para depositar en ella. De esta manera Rondepierre intenta inducir la fotografía a un coma semántico, intenta detener el tiempo. Pues siempre, continuamente, alguien estará reconstruyendo las partes que faltan, aquellas que han sido borradas.  Tratamos de completar la porción ausente. Generalmente, el autor,  opera sobre los rostros. Fotografía psicológica. Provocando mutaciones monstruosas que nos separan pero no nos alejan. Nos recuerdan que existe un lugar al cual descender. Un círculo inferior donde habita el temor. El asco. También el placer. Y, por supuesto, la lubricidad.

Un potente erotismo pulsa en el trabajo de Rondepierre. Es una fotografía de pulsiones. Vemos rostros agónicos, aterrados, desmesurados y, a su vez, deformados por la corrosión. Erotismo del más puro, próximo al castigo o la humillación. Así son las imágenes, incluso las que se detienen al borde de la pornografía. Y digo que se detienen, porque no nos permite ni siquiera el solaz explícito del sexo. Todo lo contrario. Los cuerpos, ajenos a sí mismos, conforman puzzles caprichosos, lo sexual no acontece y da paso a un nuevo extrañamiento. En aquellas fotografías que podríamos denominar “figurativas”, pues reconocemos la escena en toda su lógica: un hombre, una silla, el pantalón abierto, el pene erecto, aún en estas, el paisaje, el tratamiento de la luz, el Blanco y Negro como recurso, conforman una atmósfera angustiante y todo ingresa en una zona de anticlímax.

Por otra parte, en aquellas otras  en las que sólo aparecen porciones de texto, donde apenas sí se alcanza a leer algún vocablo como fear, everything o tomorrow, tampoco en éstas hallamos consuelo.   Las palabras aparecen canibalizadas, volviéndose sobre sí mismas en una especie de implosión, disolviéndose, regresando a la matriz, que es decir al lugar donde existen todas las posibilidades.

Rondepierre es un omnívoro que se alimenta de todo lo que lo rodea. E incide, inocula, se implica, insemina su trabajo. Uno podría creer que todas sus fotografías son él mismo.

Cuando opera sobre paisajes interiores, de films, nos imaginamos detrás de una puerta, que conduce, quizás, a la locura, un lugar donde habita el reptil primigenio. Paisajes al interior de otro interior. Y en este sentido lo vemos muy próximo al surrealismo. Ventanas a un mundo sin coordenadas donde quedamos expuestos a vagar por las planicies oníricas que abren y desgajan en océanos con llamaradas blancas y hambrientas, un lugar de lunas crucificadas y donde el  viento del inconciente sangra y el tiempo  -que no es tal-  es pálido como un lienzo borrado y vuelto a estrenar.

Reptil, dije, manchas con forma de escama o bacteria. Fotografía en un todo antropológica. Antropología forense de la imagen.

Rondepierre crea figuras espectrales, atmósferas de sonambulismo y cloro, regiones inacabadas. De tránsito. En suma, un cine de crimen y absolución.

 

Eric Rondepierre:

Nació en Orléans en 1950. Graduado de la Ecole des Beaux-Arts de París de, (dibujo, grabado). Doctorado en Estética (Tesis sobre "Les Verts yeux" de Marguerite Duras, de la Universidad de París I). Realizó una tesis el teatro de SI Witkiewicz (Paris 1, 1976), y un DEA en Literatura Comparada en "imágenes por escrito" (Universidad París VII, 1983).

Èric Rondepierre comenzó a usar sistemáticamente los archivos norteamericanos de películas anónimas del período del cine mudo que habían sido corroídos por los efectos del tiempo, el almacenamiento húmedo y las pobres condiciones de conservación. Tomó fotografías de las anomalías resultantes (raspaduras, deformaciones, manchas).

A principios de 1990 Èric Rondepierre comenzó a explorar  los puntos ciegos del cine. Su intervención consistió en la elección de los marcos (las imágenes que se proyectan  a una tasa de 24 cuadros por segundo en la pantalla, y que son invisibles en una proyección normal), de acuerdo con criterios claramente definidos. Esta economía de la imagen, que a menudo se define como "conceptual",  pone en juego varios registros diferentes (texto, pintura, cine, fotografía) con un rigor que no excluye la extrañeza o el humor.

La serie Scénes se compone de 18 piezas y muestra los personajes en acción. Masques está formada por 11 piezas de rostros en primer plano. Por su parte la serie Cartons reúne 30 piezas con fotografías de las tarjetas de títulos intermedios del cine mudo que se han corroído.

 

 

 

 

Javier Etchemendi
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